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Uno
de los más extraños y excitantes del progresivo
psicodélico británico. Una joya inclasificable de
una complejidad extraordinaria pero, a la vez, de una belleza
inaudita. Ha sido descrito como ‘la Biblia de los amantes
del progresivo y la psicodelia’, ‘la mejor rareza
del psicodélico británico’ o ‘una
auténtica joya’… Es un disco extraño,
de eso no cabe duda, empezando por el nombre, Pussy, que
significa, por una lado ‘gatito’ (como se aprecia en
la portada del disco), pero por otro lado, también
significa ‘coñito’ o ‘chochito’.
Semejante nombre debía ocultar una banda no menos
extraña, de la que apenas se supo nada hasta la reedición
del álbum por Edsel Records en 2001, que se acompañaba
de jugosas notas de Townsend (miembro de la banda). Parece ser
que la banda nace de las cenizas de Creepers, una banda formada
a mediados de los sesenta que contaba con Steve Townsend a la
batería y narraciones, Dek Boyce a la voz y Jezz Turner
al bajo. Hacia 1967, los tres miembros incorporaron a la banda a
dos nuevos miembros que acabarían convirtiéndose
en protagonistas del proyecto, el guitarrista Barry Clark y el
multiinstrumentista Peter Whiteman, que se encargaría,
sobre todo, de los teclados. El quinteto se colocó el
equívoco nombre de Pussy. En realidad, parece ser que el
proyecto del álbum nace de la mano de Danny Beckerman, un
amigo de Clark, que arregló y produjo todas las canciones
del disco además de ayudar a los coros y con algún
instrumento. De hecho parece que a excepción de una
canción (‘The Open Ground’, de Clark y
Townsend) todas las canciones del álbum fueron concebidas
por Beckerman, aunque tales concepciones fueron, evidentemente,
tocadas por la banda, que no estaba por la labor de llevar a
cabo las ideas (orientadas al pop) de Beckerman. Parece ser que,
en principio, tres temas iban a ser instrumentales con largas
improvisaciones. Lo cierto es que el talento de ambas
posiciones, de Beckerman y de la banda, creó un álbum
sobrecogedor. Sin duda se puede etiquetar como progresivo,
aunque el toque psicodélico es mucho más patente.
Los instrumentos son numerosos: a lo largo del disco se escuchan
los necesarios ritmos de guitarra, bajo y batería, pero
también hay una enorme presencia de los teclados,
sintetizador o flautas. De hecho, quizás sea el teclado
el instrumento más relevante del álbum que oscila
entre el Steve Winwood menos jazzístico y el Keith
Emerson menos clásico. El álbum se abre de forma
magistral, con el llanto de un bebe, en la gran ‘Come Back
June’, a la que le sigue el bajo, la batería y
posteriormente, la guitarra con un riff muy de la Costa Oeste.
Cuando comienza la voz te sorprende la melodía vocal,
delicada y suave, y entonces comprendes que es un álbum
enorme. La instrumentación es maravillosa, especialmente
los riffs de guitarra y los arreglos de órgano (parece un
Hammond), que por cierto realiza un breve solo. Es la canción
más claramente unida al pop psicodélico, con una
excelente guitarra, que realiza un solo al final del tema. ‘All
Of My Love’ es, posiblemente, el mejor tema del álbum,
un maravilloso cuadro progresivo psicodélico con una
melodía bellísima y una excelente interpretación
vocal de Boyce. Posee una guitarra absolutamente genial, que es
acompañada y relevada por el órgano de Whiteman.
Enormes arreglos vocales (magníficos breaks con voz
grave) y grandioso, aunque breve, solo de guitarra. ‘We
Built The Sun’ es un tema de los Pink Floyd de Syd
Barrett, con una armonía vocal bien acompañada por
una delicada guitarra. El trabajo de Clark es impresionante,
como el de Whiteman, que realiza unos bellísimos arreglos
de sintetizador acompañados de piano. ‘Comets’
es el tema más extraño del disco, un progresivo
instrumental con marcado sentido transgresivo. Se trata de una
canción cuya base roza el hard rock (excelente sección
rítmica y riffs de guitarra) sobre la que se improvisa:
por un lado, Clark realiza buenos riffs y punteos, por otro
Whiteman hace auténticas locuras con el sintetizador,
creando un tema oscuro y angustioso, donde los sonidos afilados
y estridentes ocupan el centro. Tras semejante tema, llega la
hora de relajarse con la preciosa perla ‘Tragedy In F
Minor’, un instrumental comandado por los teclados y que
se muestra como uno de los temas más dramáticos
jamás grabados. El trabajo de la guitarra es prodigioso
(esta vez, una guitarra acústica) que acompaña al
enorme trabajo de Whiteman (los punteos de guitarra y los
fraseos de piano se relevan continuamente), generando una
atmósfera asfixiante de dramatismo. Hacia el final se
suman el melotrón, con un sonido de violines. Tremenda.
‘The Open Ground’ es un tema más cercano a
los dos primeros temas, donde el sonido ácido es patente.
Se trata de un tema ecologista que habla sobre la capa de ozono
(y en 1969), y posee una letra maravillosa de Townsend, con
frases memorables (‘Hear the virgin cry / See the Summer
sky tear at Winter earth’). Después viene la
siniestra ‘Everybody’s Song’, uno de los temas
más oscuros del disco. Posee un sensacional trabajo de
Clark, cuyos riffs y punteos parecen caber en un álbum de
Black Sabbath. Para cerrar el disco, el musculoso instrumental
‘G.E.A.B.’, un tema cercano al hard rock con buena
sección rítmica y riffs de Whiteman, que sirven de
base a los punteos de Clark. Buenos cambios de ritmo: tras el
primero, un tremendo solo de Hammond de Whiteman, y tras el
segundo cambio de ritmo (en realidad un riff), un portentoso
solo de guitarra de Clark (que muestra que es un guitarrista
sobresaliente). Excelentes aceleraciones, deceleraciones y
cambios de ritmo, dirigidos por Whiteman y Clark. Una obra
maestra imprescindible para cualquier amante de la psicodelia.
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