|
Sade: el deseo monstruoso. |
|
Por María Santana |
|
---- |
|
|
|
-- |
|
Sade se encuentra inmerso en dos momentos históricos claves, entre el siglo XVIII y el siglo XIX. Es hijo, por tanto, de una época de transición entre el Antiguo Régimen y la renovación de la Revolución francesa con todo el pensamiento ilustrado y la constitución de la clase burguesa. Sin embargo, el marqués no es miembro de pleno derecho de ninguna de estas tradiciones, excediéndolas, forzándolas y trasgrediéndolas. Rechazado y represaliado por ambas sociedades, encarcelado y reprimido, representa la figura de un absoluto proscrito. Y constituye en general una obra mal interpretada y desconocida. Para cualquier lector es fácil categorizarle dentro de la tradición erótica o, más claramente, pornográfica y olvidar las implicaciones de sus textos dentro de la problemática del desarrollo de las ciencias humanas, del humanismo y de la cultura occidental. Después dehaber sido leída por tantos autores que la han analizado (Heine, Klossowski, Bataille, Beauvoir, Blanchot, Octavio Paz,...) debemos reconocer que sigue habiendo un poso vivo para la interpretación y la polémica. Que volvamos a esta obra después de tanto tiempo y que nos sobrecojamos evidencia la vigencia del escandaloso fondo de absoluta crueldad de sus términos. Digo crueldad porque es así como se califica él, no masoquista o sadomasoquista que fue como lo enclaustraron en una categoría patológica que resolvía de modo disciplinado el problema (eterno problema) que nos presentaba: la separación entre realidad y deseo. |
|
El marqués de Sade es un autor profundamente seductor, obviamente por la investigación sexual que realiza rompiendo con las fantasías sexuales establecidas (el fetichismo sexual centrado en los órganos genitales), trasgrediéndolas en combinaciones infinitas. Pero también, y sobre todo, es seductor por la libertad de su palabra, por resistirse a la censura y ser capaz de asumir una condena por expresar sus fantasías más remotas, lo que lo ha convertido en el paradigma occidental del autor maldito. |
|
Para comprender la importancia, el alcance y la forma en la que nos ha llegado la obra de Sade, debemos tener en cuenta el contexto en el que surgen sus textos así como algunos de sus datos biográficos. El marqués de Sade obtiene el título nobiliario de sus progenitores, quienes en realidad tenían orígenes burgueses. Pero su familia en lugar de adquirir las responsabilidades político-económicas que les brindaba el ascenso social de la clase burguesa, compran el título y aspiran a disfrutar de todos los privilegios de la clase noble. En este ambiente Sade se forma académicamente y posteriormente se incorpora al ejército, se casa con una joven de buena familia y tiene hijos, es decir, cumple de forma disciplinada con todos los requisitos sociales que se le exige a una persona de su condición noble. Sin embargo, la nobleza ya no goza del poder político del Antiguo Régimen, socialmente no tienen ningún papel, su única función frente al ascenso de la burguesía es intentar no malgastar sus bienes. Es decir, pese a disfrutar de mayores riquezas que la burguesía no tienen ni oficio ni beneficio, viven de las rentas de sus propiedades y no necesitan hacer ningún esfuerzo. Lo que se traduce en un gran hastío y decadencia, un aburrimiento que da lugar a la figura del libertino. Todo esto se puede ver reflejado en la tradición de las novelas libertinas, como Las amistades peligrosas o Felicia de Nerciat. |
|
Sade se encuentra justo en el centro de esta época convulsa y obedece a todos los cambios. Se comporta de forma dócil ante lo que le rodea. Si primero se le exige cumplir con las obligaciones de la nobleza, él lo hace encantado, ya que le proporciona la oportunidad de llevar a cabo el desenfreno del comportamiento libertino que implica el poder económico y la ausencia de obligaciones. Pero cuando triunfa la Revolución renuncia a su título (llega a afirmar que nunca lo tuvo) y se introduce dentro de las instituciones políticas revolucionarias. Sin embargo, esta capacidad de adaptación pública no le conduce a la libertad personal, sino que lo hace aún más sospechoso ante las autoridades. Primero es detenido durante el Antiguo Régimen por abusos sexuales en el día de Pascua a una mujer de condición humilde, y durante el periodo revolucionario trasgrede también las normas legales y vuelve a ser castigado acusado de intento de envenenamiento a unas prostitutas (1). Dichos delitos son contestados con una brutal pena de cárcel prácticamente perpetua, siendo considerado Sade un peligro para la sociedad. |
|
Sade se mueve continuamente en la paradoja de necesitar ambos regímenes y ser represaliado por ellos. Por un lado le son imprescindibles los privilegio de la aristocracia, pero una vez se instaura el gobierno revolucionario se adapta al nuevo estado político y cree (parece que sinceramente) en la posibilidad de un nuevo modo de vida en sociedad que le permita a toda la comunidad una mayor libertad sexual (habla, por ejemplo, de regular la prostitución -y la violación, claro-). De hecho intenta participar en los órganos públicos y se manifiesta a favor de la abolición de la propiedad privada. Dentro de esta paradoja es conocido el caso de cómo siendo acusación de un juicio se negó a condenar a muerte al acusado, pronunciándose en contra del frío asesinato efectuado por el Estado. Para Sade no es comparable el asesinato pasional y la humillación de la carne con la impersonal muerte del guillotinado que sólo busca acabar con la vida de una persona que estorba a la sociedad y le hace sentir insegura. |
|
Lo que sorprende y escandaliza del Marqués de Sade es su absoluta crueldad, libertinaje y su mala fe, pero más que mala fe, lo que tiene es mucha mala leche, se ríe de sus víctimas, de sus infortunios, y sus libertinos quedan siempre por encima de la sociedad, cuando ésta intenta castigarlos, o de la naturaleza cuando intenta matarlos (2). Georges Bataille nos dice que lo escandaloso y lo peligroso en Sade es que le da voz al asesino, le da voz al monstruo más allá del informe clínico, un asesino que se esfuerza en descuartizar y fundamentar el mayor crimen usando la lógica filosófica más aplastante. Los personajes de Sade no son meras víctimas del deseo, sino que reivindican su pasión anómala y se complacen en que nosotros podamos leerlo, para escandalizarnos y, a ser posible, pervertirnos. La misión que Sade se da a sí mismo, como se refleja en la dedicatoria de La filosofía en el tocador, es hacernos pensar en todo lo que queríamos mantener oculto, todo lo que años de cultura nos ha enseñado a dejar sin que salga a la superficie y que es parte innegable de nuestra naturaleza. |
|
Para Michel Foucault, uno de los intérpretes de la obra de Sade más certeros, a partir del siglo XVIII el monstruo será el saco en el que todos los excesos tienen cabida y una solución sencilla a cualquier problema de incomprensión del criminal, es decir, ahí donde el intento de racionalización de los motivos del criminal no llega, es donde se instaura el terreno de la monstruosidad, donde nadie tiene que explicar nada ni dar razones. De ahí la importancia que tiene la figura de Sade, para inaugurar la nueva época y los nuevos métodos de castigo. A partir de entonces las instituciones juzgan los actos delictivos y no el sustrato criminal que pervive en el delincuente, del mismo modo que se modifican las penas físicas y se crean la forma actual (aún moderna) de las cárceles y centros psiquiátricos. La economía política y la de los cuerpos cambia a la vez para propiciar el ascenso social del hombre moderno, burgués, trabajador. El castigo intenta modificar el alma de los condenados y redimirlos con el encierro y las penas simbólicas. |
|
-- |
|
|
|
-- |
|
Tampoco es casual que el momento literario en el que se desarrollan los episodios de Sade sea el del comienzo de la literatura gótica o de terror, reflexionándose sobre la esencia contranatural del criminal. Foucault a este respecto separa dos tipos de monstruosidad en la que se encarna los miedos más ancestrales de la sociedad occidental y que nace precisamente en este periodo: “Por un lado, vemos al monstruo por abuso de poder: es el príncipe, es el señor, es el mal sacerdote, es el monje culpable. Después, en esa misma literatura de terror, tenemos también al monstruo de abajo, el monstruo que vuelve a la naturaleza salvaje, el bandolero, el hombre de los bosques, el bruto con su instinto limitado (3)” ésta es la mitología que aparece en obras como Manuscrito encontrado en Zaragoza de Jean Potocki y la posterior literatura gótica. Surge en este momento el modelo de la vida misteriosa, oculta y oscura de los piratas, la fascinación por los bandoleros, los fantasmas, los gitanos, los curas pecadores. Irrumpe junto a un erotismo vinculado a una oscuridad siniestra que nada tiene que ver con la idea de pecado. El poder se vuelve sospechoso y da miedo, tanto si es físico (los piratas y los bandoleros), como si es político, dado que es el marco perfecto del abuso. Esta es la base para el monstruo más conocido, que es Jack el destripador, el primer asesino sexual y una figura vinculada al poder a través de su relación con la reina Victoria. Son los asesinos que siembran el pánico en la sociedad que acude a la policía y al Estado para garantizar su protección, no ya su salvación. De modo que lo caótico y desordenado que se trataba a través de la noción religiosa de pecado pasa a considerarse como crimen, delito o rebeldía, de los que la policía debe ocuparse, investigando, deduciendo, probando, defendiendo a los inocentes de la oscuridad del criminal. |
|
La relación existente entre la naturaleza y el monstruo es siempre paradójica. Por un lado parece que la idea de monstruo apela a un estado primitivo y salvaje previo al propio hombre, por otro a una sofisticación del poder cultural, social o político del ciudadano que le proporciona la posibilidad de desarrollar una crueldad inusitada. El ejemplo de esta paradoja lo representa perfectamente Sade. Sus personajes y él mismo saben de su condición anormal dentro de las reglas sociales, culturales, morales y sexuales. Sus relatos son una muestra de cómo ir trasgrediendo todas esas reglas y generar comportamiento monstruosos. Sin embargo, cuando llega la hora de legitimar dichos comportamientos sus personajes aluden precisamente a la naturaleza como fuente primigenia de la crueldad de sus acciones. En cualquier caso, Sade pretende ir contra la cultura que ha generado un remedo para huir del poder absoluto de la naturaleza, de la arbitrariedad que comportan los hechos de nuestro nacimiento y muerte. La naturaleza tiene entonces una doble cara, por una parte ha sido ella la que nos proporciona el placer, pero, por otro, este placer existe solamente para intentar remedar con él el absoluto sufrimiento que es nuestra vida (al fin y al cabo estamos sometidos a su implacable poder). A través de lo que se denomina el estoicismo feliz Sade trata de asumir la esencia dolorosa de la existencia y postula como único fin de nuestros días la búsqueda del placer. Porque jamás podremos huir de nuestra condición natural que convierte cualquier intento de trascendencia en algo ridículo, como dice el propio Sade en una carta a Marie-Dorothie de Russet en 1782: “aunque el hombre trabaje para superarse, hay dos fatales instantes que le recuerdan, a pesar suyo, la triste condición de bestias (...) uno en el cual el hombre se llena y otro en el cual se vacía (4)”. |
|
Sade no se limita a realizar una descripción de los gustos y fantasías libertinos para elaborar un texto pornográfico, sino que son los propios libertinos los que se apropian de la palabra y establecen un ámbito cerrado y propio: un nuevo escenario que rompe con lo ordinario, con los roles de amos y sirvientes, microespacios que pueden ser un castillo, un convento o un tocador convertidos en una sala de torturas y de deseo. Un lugar artificial, una siniestra utopía. El discurso del libertino y las palabras articuladas por las víctimas da lugar a una pornografía que enreda cuerpos y posturas, que explicita razones, fantasías y deseos. Ese fetichismo de la palabra y el nombrar es expresado en numerosas ocasiones por los personajes, de ahí que la libertina Saint-Ange exclame en La filosofía en el tocador: “¡Amo hasta la locura el lenguaje de esas amables personas! (5)”. La verdadera excitación del libertino es la que se produce con el desvelamiento de este lenguaje. Los libertinos se mueven en un círculo verbal: hablan, se excitan, componen un cuadro y lo deshacen, de nuevo hablan, se excitan, etc. El deleite de la narración de sus propias aventuras se puede ver también en la disposición de Las 120 jornadas de Sodoma, siendo el centro de la excitación y del castillo la explicación de las experiencias de las prostitutas. |
|
Para comprender la importancia de esta concepción del lenguaje hay que entender el contexto intelectual en el que se desarrolla. Sade se encuentra dentro de la tradición mominalista y representacional del siglo XVII, la cual establece como centro del lenguaje al nombre, un nombre que aspira a ser de tal pureza que remita directamente al objeto nombrado. Para Sade, como explica Foucault en Las palabras y las cosas, el paso de la literatura erótica, del aludir a las posturas y los gestos sexuales, queda abolido por un nombre directo del deseo, deshaciéndose de la retórica y desnudando el lenguaje. El lenguaje se convierte en el modo exhaustivo de nombrar la realidad del deseo, de hacerla real, palpable, excitante, lo que conduce a una enumeración infinita de los cuerpos, que se desmiembran aislando cada una de sus partes, y de las posturas en muchos casos imposibles. |
|
Sade no quiere dejar nada sin nombrar, quiere explicitar todas las fantasías y es por eso que enumera los coitos realizados, mide el tamaño de los genitales, disecciona las posturas, ordena a los participantes de las orgías ... Busca una exactitud que no pretende ser científica, sino que parece más una burla a las mediciones de la ciencia. Una ciencia grotesca que da una economía del cuerpo de la orgía, una máquina sexual que se retroalimenta con su propio funcionamiento, una orgía sin fin que cuando deshace un cuadro comienza a fraguar el siguiente con las palabras alimentadas por el deseo. Se ha acusado a Sade de haber construido la máquina perfecta, que no necesita energía pues es ella misma la que se alimenta. Es cierto, que su máquina es eterna, pero hay que aclarar que esta nueva industria no se rige por la utilidad, sino que, precisamente, desafía a esa nueva cultura del progreso, la rompe para afirmar el desgaste sin freno, el exceso y malgasto de energías que es el sexo. |
|
El libertino no usa en ningún caso las palabras para realizar una justificación de su conducta o para explicar las razones que podrían exculparlo sino que es precisamente por usar esas palabras por lo que se convierte en un auténtico libertino. El lenguaje se ha convertido en una prolongación de sus cuerpos, engrana la imaginación y materializa aquello que sus cuerpos no pueden realizar. Además, la palabra es lo que une a los libertinos entre sí y con nosotros que accedemos a su narración. Si este relato no existiese nuestra relación con el libertinaje sería tan sólo la del relato clínico, patológico y la policial del crimen castigado. |
|
Habitualmente la explicación que se ofrece al hecho de la extremada crueldad de los textos de Sade es que debido a su prolongado encierro se vio obligado a describir sus fantasías sexuales de modo que poco a poco tuvo que extremarlas, es decir, que su obra iría en un crescendo de salvajismo a medida que se prolongaba su encierro. No es así. Es cierto que la obra de Sade es la de un encerrado, la de un maldito, un solitario, quizá un misántropo, pero no es por eso por lo que escribe pornografía. La ambigua relación entre la realidad y la ficción se ve aquí: Sade fue encerrado por delitos sexuales, por abuso, violación y tortura aplicada a prostitutas y pedigüeñas. |
|
Importa reflexionar sobre la verdad de los estereotipos de nuestra concepción de Sade para poder dilucidar la intención real de su obra. Es obvio que una persona no tiene por qué ser lo que escribe, pero la extremada importancia que Sade concedía a su obra tiene mucha relación con la finalidad de la misma y la verdadera actitud respecto a la vida libertina. Se puede comprender la sexualidad de Sade de un modo bastante sintético: Sade realiza una identidad fundamental entre coito y crueldad, de modo que el orgasmo se convierte en una crisis agresiva y asesina. Se convertiría así en un autista sexual, lo que hace que nunca pueda olvidarse de sí mismo y percatarse a la vez de la presencia y participación del otro. A Sade le repugna en cierto modo la manifestación del deseo del otro, el acuerdo sexual de una pareja, porque cuando el otro siente el mismo placer que uno, lo deja desatendido y se vuelve sobre sí mismo. El problema de esta idea es que Sade necesita saber que el otro siente y afirmar su carnalidad, de modo que la única manera que encuentra para hacerlo es el dolor, que en la víctima se manifiesta mediante el grito. Pero esto no quiere decir que Sade exija un único papel preponderante en esta dinámica de dominación y humillación: él es capaz de intercambiar los papeles, quiere ser libertino y víctima, y gritaría encantado si decidiesen descuartizarlo. |
|
A Sade lo que le interesa es la capacidad de sometimiento de cualquier persona a través del deseo, cómo puede transfigurar las relaciones aparentemente naturales y convertir a las víctimas en verdugos y a los verdugos en meros trozos de carne que emiten gritos. Efectúa la trasgresión de las normas morales de la cultura, de la religión, de los estatus sociales, de los lugares dedicados a menesteres completamente opuestos, de la naturaleza. Y el ser que puede encarnar social y naturalmente todas estas transgresiones es la mujer. Ya sea de condición aristocrática o humilde, la mujer disfruta únicamente de la posibilidad de ser víctima. Sade a cambio tratará por todos los medios de convertirla en el mejor verdugo posible. Hacer que la mujer encarne en ella todas las trasgresiones es en sí mismo una trasgresión. Porque la sexualidad del hombre desde una perspectiva sadiana, está absolutamente clara: el hombre adulto no puede más que ser libertino y el jovencito que no tenga fuerza suficiente para imponer su falo en la orgía será sodomizado. |
|
Se ha discutido mucho sobre el verdadero gusto erótico de Sade, pero él lo repite en muchas ocasiones a través de las palabras de sus libertinos. Lo que de verdad le atrae es practicar la sodomía activa con chicos y pasiva con el resto de la humanidad. Sin embargo, esto no supone un desprecio sexual por las mujeres, porque Sade no es homosexual, es libertino. Pero, por ejemplo, para Simone de Beauvoir, Sade elige a las mujeres como personajes principales de sus libros por un ejercicio de retórica, de mera trasgresión poética, dado el hecho de que las mujeres tienen que superar todos los lastres morales, políticos y naturales para convertirse en libertinas. Es decir, la mujer siente una mayor repulsión por el crimen, por tanto, superar dicha repulsión es un éxito no sólo sobre la propia naturaleza de la mujer, sino sobre las normas establecidas. Una vez superado el modo de ser de las mujeres se descubre que por eso mismo son las mejores libertinas, Beauvoir lo explica de forma brillante con las siguientes palabras: “pero si ellas llegan a ser imaginariamente los más magníficos verdugos, es porque en realidad son víctimas natas: serviles, lloronas, mistificadas, pasivas ... a través de todas su obras se filtran el desprecio y el disgusto que verdaderamente Sade sentía con relación a ellas” (6). A Sade le repugnan las mujeres que se afanan únicamente en cumplir con sus deberes sociales, en ser buenas esposas o jovencitas virginales. Son precisamente estas mujeres sus víctimas propicias, las que desea humillar y, ya que es imposible convertirlas, agredirlas y degradarlas. Porque se han convertido en las más fieles servidoras de los deseos del hombre racional e ilustrado, del poder viril. |
|
-- |
|
|
|
-- |
|
Si seguimos la argumentación de Simone de Beauvoir, ella achaca la adjudicación de este nuevo papel femenino a que la mujer ya no representa al otro en la sexualidad de Sade. Dada la preferencia de Sade por la sodomía, la mujer no tiene nada que ofrecerle y cualquier relación erótica con ella debe ser trasgresora. De modo que al no cumplir Sade la función viril de la penetración debe dotar a las mujeres de los órganos morales y físicos para la realización de la misma, de ahí que dote a la libertina Durand de un enorme clítoris o que se usen consoladores y demás utensilios para violar a hombres y mujeres. Sin embargo, no es sólo esto lo que impulsa a Sade a determinar el papel predominante a las mujeres en sus textos, además les reconoce ser más crueles debido a sus órganos psicológicos naturales. Así en la obra La filosofía en el tocador nos dice de ellas: “es la extremada actividad de su imaginación, la fuerza de su espíritu, lo que las vuelve malvadas y feroces” (7). El mal o la crueldad no nace sin más de un fondo de salvajismo animal o físico, sino que ha de estar unido a una imaginación poderosa, que sepa anticipar el erotismo de la acción, que se deleite en el pensamiento igual que se deleitará posteriormente en el relato. |
|
No obstante, la relación de Sade con las mujeres tanto en la literatura como en la vida real está llena de ambigüedades y recovecos. Podríamos haber afirmado que Sade era simplemente homosexual, pero busca no sólo la compañía sexual femenina para la realización del cuadro orgiástico, sino también la complicidad intecional en sus actos. Sade tiene a lo largo de su vida varias compañeras con las que mantiene relaciones abiertas y comprometidas, todas ellas le conocen bien, sus andanzas, sus obras y permanecen a su lado. Él, pese a cumplir con las normas sociales del matrimonio por simple conveniencia, entabla con su esposa una relación de verdadero compromiso que le lleva a exculpar a su marido públicamente de sus crímenes, a encubrirle e incluso a participar en algunos de ellos. El episodio más célebre es el intento de construir un espacio similar al relatado en Las 120 jornadas de Sodoma. Sade pretende encerrarse en un palacio para cumplir sus deseos sexuales con varias muchachas y un joven. La elección de dichos sirvientes la realizó su esposa que se encerró posteriormente con ellos. Las preguntas que siempre se plantean con respecto a esta relación de complicidad son: ¿fue ella libre cuando asumió encerrarse en el palacio? Si no lo fue ¿por que le encubrió y defendió cuando fue represaliado? Es precisamente su mujer la única que asume su verdadero papel en ese castillo, la única que no pretende escaparse. Pero, además Sade le proporciona un papel predominante al pedirle que sea ella quien haga la selección de los sujetos eróticos. ¿Fue ella seducida por Sade hasta el extremo de perdonarle que se fugase con su hermana? |
|
Sade se erige como el verdadero libertino, después de la Revolución francesa y con la destitución del Antiguo Régimen, los nobles perdieron muchos de los privilegios sociales que les permitían permanecer ociosos y dedicarse exclusivamente a la satisfacción de sus fantasías. Sobre todo perdieron la impunidad pública de sus comportamientos frente al auge económico, social y moral de la burguesía. Además, es el momento en el que se inicia un cambio en el tratamiento de los fenómenos científicos, y más que eso, en la comprensión de todo lo que debe ser explicado a partir de los valores de la ciencia. Como nos diría Foucault, al constituirse la ciencia humana el erotismo se trasfigura y se convierte en sexualidad, que es su traducción al lenguaje aséptico de la ciencia en la que se regularán los modos sanos de sexualidad y los monstruosos o patológicos, pasando a ser el Marqués de Sade el absoluto paradigma del modo enfermo. Este es un hecho que provoca que su obra sea censurada de forma explícita con la no publicación durante siglos de sus novelas y que actualmente se revela como la banalización de sus ideas ya sea a través de la comprensión estandarizada de los textos como simple pornografía o como el relato de un enfermo y reprimido encerrado. |
|
Pero a Sade no se le puede enclaustrar en estas concepciones para digerir fácilmente sus obras. Él rompe el límite, lo bordea y se queda en el espacio de nadie que es la trasgresión continua, en la tierra en la que sólo caben las malas interpretaciones, las ambigüedades y el deseo puro. Sade acumula una trasgresión tras otra, una escena tras otra, un cuerpo tras otro. Necesita un límite porque su valor no es el de un destructor, sino el del trasgresor constante. Su obra requiere siempre una moral establecida para poder reírse de los idiotas que la siguen y de los hipócritas que la trasgreden y ocultan su trasgresión; requiere una naturaleza que imponga la muerte como fin inexorable para poder jugarse la vida por el deseo; necesita a Dios y la promesa de la recompensa eterna para poder quitarle la vida a voluntad a cualquier infeliz y desafiar al infierno si es la condena lo que le espera. |
|
-- |
|
(Versión corregida de un texto publicado en revista Engranajes nº 3 (Sevilla 2003)) |
|
-- |
|
-------------------------------------------------------------------------------------- |
|
NOTAS: |
|
-- |
|
(1) En realidad parecer ser que la intención de Sade era administrarles afrodisiacos en forma de caramelos, pero se excedió, lo que les provocó una fuerte diarrea y vómitos a las mujeres. |
|
(2) No es que los libertinos no mueran, sino que son capaces de sobreponerse a la idea de la muerte a través de la afirmación del placer y de la voluntad de sus cuerpos. El más allá no es precisamente una de las preocupaciones de los personajes y la muerte y corrupción es algo inevitable. Es lo que se puede leer en uno de los textos de Rodrigo o la torre encantada, entre Rodrigo y un león que le advierte de lo que le espera por el camino del libertinaje: |
|
“- Las pasiones son más fuertes que yo, me han atrapado siempre. No puedo vencer a la naturaleza. |
|
- Entonces, perecerás. |
|
- Es el destino de todos los hombres. ¿Por qué quieres que me espante? |
|
- ¿Sabes lo que te espera en la otra vida? |
|
- ¡Qué me importa! He nacido para desafiarlo todo”. |
|
(3) Michel Foucault, Los anormales, curso del Collège de France (1974-1975), Ediciones Akal, Madrid, 2001, p. 96. |
|
(4) Carta de Sade recogida en el libro de Jorge Gaitán Durań El libertino y la revolución. Selección de textos del Marqués de Sade, Eciciones Júcar, Madrid, 1973, p. 111. |
|
(5) Sade, La filosofía en el tocador, Valdemar/Planeta maldito, Madrid, 1998, p. 25. |
|
(6) Simone de Beauvoir, ¿Hay que quemar a Sade? Editorial Visor, colección Mínimo Tránsito, Madrid 2000, p. 54. |
|
(7) Sade, La filosofía en el tocador, Editorial Valdemar, colección Planeta Maldito, Madrid, 1998, p. 111. |
|
-- |
|
.-- |
|
.-- |