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Breve
historia del nacimiento del movimiento psicodélico.
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El
ser humano ha consumido drogas a lo largo de toda su historia
por multitud de motivos ancestrales, especialmente religiosos,
que le exigían alterar su estado normal de consciencia
para entrar en contacto, según el pensamiento mágico,
con dimensiones y entidades sobrenaturales y conocimientos
inaccesibles a la inteligencia ordinaria. Solo a partir de la
modernidad se ha efectuado un uso plenamente profano de estas
substancias. Al abandonarse muchas costumbres y creencias
basadas en la magia y lo mítico, las drogas dejaron de
tener un sentido sobrenatural para pasar al territorio de lo
puramente humano y relacionarse con lo psíquico.
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Como
consecuencia directa, de esta transformación también
surgió la paulatina represión de su uso, pues este
largo camino hasta el siglo XX supuso, entre otras cosas, el
triunfo de una visión casi exclusivamente positivista de
la vida, donde todo rastro de pensamiento mágico y deseo
de alteridad de la consciencia han sido recibidos como una
regresión a estados primitivos. La sociedad moderna,
especialmente una burguesía deseosa de abandonar el
oscurantismo religioso y la superstición de tiempos
pasados, provocó una radical transformación de la
cultura humana hacia el racionalismo, con profundas
consecuencias tanto positivas como negativas, entre las que se
incluía el considerar patología todo estado mental
alejado del funcionamiento considerado como "normal".
El resultado de todo este proceso es una sociedad basada en el
pleno pragmatismo materialista y en la aplicación
sistemática del progreso técnico en la vida
cotidiana.
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Ahora
bien, pese al fulminante triunfo del racionalismo materialista
iniciado en occidente y extendido progresivamente al resto del
mundo, con multitud de consecuencias políticas, sociales
y culturales, a la misma vez fue surgiendo una resistencia
subterránea a esta situación. Es verdad que esta
resistencia ha sido heterodoxa, irregular, no organizada y de
resultados ínfimos en comparación con el poder de
su enemigo, pero pese a ello no ha dejado de surgir
periódicamente con una terquedad sorprendente, aun hoy
día la vemos germinar de vez en cuando .
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En
ese contexto debe entenderse la historia del movimiento
psicodélico, como parte de una resistencia a la
imposición de una determinada interpretación del
mundo, en el sentido de que, aun cuando no se es consciente de
ello, consumir drogas supone contradecir la convención de
que la mente es algo estable y únicamente dirigido al
pragmatismo y la lógica de lo “normal”.
Muchos de los que han consumido drogas lo han hecho como acto de
rebelión ante esta convención, otros por ansia de
conocimiento e iluminación, otros por curiosidad, y
muchos otros por pura diversión, pero lo indiscutible es
que dejarse llevar por el efecto de una droga psicodélica
es abrir infinitas posibilidades de percepción al margen
de lo ordinario y aceptado, algo que puede tener repercusiones
demoledoras en el individuo, y a la larga en el colectivo. Es,
en ése sentido, que las drogas psicodélicas pueden
ser un medio de subvertir la visión de la vida tal y como
es entendida por la sociedad mayoritaria. Esta subversión
tiene en principio un carácter muy subjetivo, pertinente
solo al individuo que ha tomado tal o cual droga, pero un uso
masivo puede, tal y como se vio en la década de los 60,
terminar por alterar en muchos aspectos las bases de la sociedad
dominante.
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Bajo
esta perspectiva será tratada en este artículo la
historia del consumo de drogas en tiempos modernos, historia que
ha unido a incontables personas a lo largo de mucho tiempo en
una búsqueda casi siempre inconclusa y que en demasiados
casos ha acabado desastrozamente, pero que sin duda siempre ha
resultado fascinante. Por supuesto, en este artículo no
se dará por sentado que tomar drogas psicodélicas
sea un acto positivo o iluminador, pero si se reclamara del
lector la noción de cuan profunda y transformadora puede
a llegar a ser tal experiencia. Este artículo intentará
ser, por tanto, un homenaje a los protagonistas de esta
prolongada exploración de la consciencia a través
de las drogas, empresa que todavía tiene mucho que decir,
y lo más importante, que resistir frente al uso
puerilmente limitado de la mente que la sociedad actual nos
impone.
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Como
ya hemos dicho, las drogas han estado presentes a lo largo de
toda la historia de la humanidad, pero no todas han sido
valoradas de la misma manera. El alcohol, por su fácil
elaboración y leves efectos en comparación con
otras substancias, ha sido quizás la más usada
hasta hoy, pero hay otras mucho más fuertes que han
tenido que mantenerse por largo tiempo en las sombras de la
clandestinidad, especialmente en occidente, donde, ya sea por
causas religiosas, morales o legales, la sociedad se ha visto
impelida a alejarse del contacto con substancias alteradoras de
la consciencia mucho antes que en otras sociedades. Los
poderosos se cuidaron de prohibir toda práctica con
drogas, siempre con el objeto de proteger sus intereses. Es el
caso de la represión de la brujería que hasta la
edad media se extendía por toda Europa. El hecho de que
la Iglesia se empeñara en interpretar estos rituales
paganos como algo relacionado con el culto al Diablo, no evita
que los hechos sobrenaturales que supuestamente tenían
lugar en los aquelarres tuvieran más bien relación
directa con trances producidos por substancias psicotrópicas.
Por ello, las pócimas de las brujas, resultado de
tradiciones milenarias directamente entroncadas en el chamanismo
y los cultos paganos precristianos, fueron vistas como técnicas
satánicas y suprimidas violentamante por la Inquisición.
La Iglesia quería así mantener su monopolio
religioso, pero sobretodo salvaguardar un tipo de moral muy
concreto que servía como camisa de fuerza para casi toda
la población. Lo mismo ocurrió en la colonias
españolas tras el descubrimiento de América, donde
fueron prohibidos muchos de los cultos indígenas,
especialmente los que tuvieran que ver con el uso de las plantas
aborígenes con alto poder alterador de la mente.
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Arrastrando
durante siglos esta leyenda negra, será a partir del
siglo XVIII y XIX cuando el consumo de drogas comenzó a
extenderse de nuevo en Europa de forma especialmente intensa. En
el mismo momento que un médico irlandés llamado
O’Shaughnessy acababa de introducir el hachís en la
medicina occidental, indicándolo como tratamiento
adecuado del ataque de epilepsia, el reumatismo, el tétanos
o la infección de rabia, una serie de escritores y
artistas especialmente inquietos lo iban a usar por razones
lúdicas o creativas. No es que fueran los únicos,
de hecho numerosas drogas seguían siendo usadas de muchas
maneras más o menos toleradas (por ejemplo, a través
de algunas medicinas tradicionales), pero fue cuando éstos
artistas pusieron su atención en ciertas substancias,
sobretodo buscando inspiración y motivos para sus obras,
que se empezaron a filtrar en la cultura de una manera
diferente, al margen de la religión o la medicina.
Reflejaron sus experiencias con drogas de tal manera que sirvió
para dar a conocer tales subtancias al público a través
de potentes relatos, creando un contacto bastante profundo de
sus efectos sin necesidad de probarlas, con la consecuencia de
introducir mucha curiosidad en una sociedad ansiosa de emociones
fuertes tras un largo periodo de represión moral.
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Un
contemporáneo de los románticos ingleses, Thomas
de Quincey, será uno de estos primeros escritores que
filtraron a través de sus obras una fascinación
profunda por los estados mentales inducidos por las drogas. Con
su Confesiones de un inglés comedor de opio
provocó una fuerte conmoción (y en algunos casos
un terrible escándalo) en numerosos espíritus
ilustrados de su época, estimulándo a muchos
ávidos de aventuras en un mundo que parecía
haberse vaciado paulatinamente de cualquier rastro de misterio.
Éstos, como insectos atraídos por un farol, se
sintieron automáticamente fascinados por la descripción
de sus visiones, repletas de exóticas imágenes y
extrañas sensaciones.
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Thomas
de Quincey
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Sin
embargo, Quince no se limitó a narrar los placeres que el
opio podía ofrecer, también transmitió de
forma muy gráfica y convincente sus horrores, incluyendo
las miserias de la fuerte adicción que tuvo que
soportar... algo que en realidad multiplicó en vez de
disminuir el interés por una droga que aunque rara en
occidente cada vez era más fácil de encontrar
gracias a las campañas coloniales de Inglaterra en
Oriente. De este modo fue inevitable que tras Quincey surgieran
otros autores que querían seguir sus pasos. Fue el caso,
por ejemplo, de Fitz Hugh Ludlow, médico que se
especializó en el tratamiento de la adicción al
opio tras leer el libro de Quincey y que se propuso escribir uno
parecido pero con el hachís como protagonista, para ello
dejó constancia del resultado de su ingestiones masivas
(desorbitadas de hecho) de tal substancia. Aunque menos
conocida, su obra fue de mucha influencia en el futuro para
multitud de psiconautas que decidieron experimentar por su
cuenta y riesgo. Irónicamente, pese a ser su
especialidad, Ludlow murió adicto al opio a la temprana
edad de 34 años.
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En
Francia, por la misma época, un grupo de poetas y
artistas también se congregaron en torno al opio (de
hecho admiraron a Quincey e incluso uno de ellos, Alfred de
Musset, tradujo su libro al francés) y sobretodo el
hachís. Sería el parisino Club des
Hachichins, nombre tomado de la leyenda árabe del
Viejo de la Montaña. En este grupo formaban parte
Teóphile Gautier, Balzac, Gerard de Nerval y otros
lumbreras de la literatura y poesía de su época,
todos ellos con fama de bohemios y libertinos. Sus obras, en
muchos sentidos directamente inspiradas por las drogas, fueron
introduciendo ideas muy antagonistas para la cultura respetable,
con posturas que a veces se alejaban radicalmente de las
convenciones de su época, algunas de ellas claramente
subversivas respecto a la moral reinante o incluso a los
principios del naciente pensamiento científico. Quizás
el más famoso de ellos fuera Charles Baudelaire, quien
escribiera Las Flores del Mal basándose
explicitamente en sus experiencias narcóticas,
convirtiéndose en un modelo para otros muchos escritores
con aspiraciones de ser “malditos”. Pese a ello,
Baudelaire siempre mantuvo una actitud reticente respecto al
consumo no controlado de estas substancias.
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Así,
la lista de artistas que por esa época usaran drogas es
larga pero muy significativa: William Blake, Poe, Percy Shelley,
Oscar Wilde, Lord Byron, Rimbaud, Robert Louis Stevenson ...
etc, todos ellos convertidos con el tiempo en estandartes de la
cultura moderna occidental.
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Este
resurgir del interés por la droga en occidente parecía
formar parte de una gran corriente de curiosidad por la
irracionalidad que en muchos aspectos ponía en cuestión
las bases de la Ilustración iniciada poco antes. Aquí
y allá se producían movimientos en contra del
progreso científico, como puede ser el de los Ludditas
que saboteaban fábricas, aunque, en ese caso, por razones
claramente económicas y políticas. Sea como fuere,
el final del siglo XIX supuso una época de importantes
contradicciones, ya que frente al paulatino triunfo del
racionalismo surgió subterráneamente un fenomenal
interés por todo lo que se alejara de la razón
científica, algo que se reflejó, entre otras
cosas, en la obsesión por el espiritismo o la fascinación
por la espiritualidad oriental y las tradiciones mágicas
u ocultistas de la antigüedad. La misma Iglesia Católica,
que comenzaba a declinar en su poder tras el resurgir del
ateismo y las filosofías nihilistas, dejó cada vez
más a un lado los aspectos espirituales del cristianismo
para hacer hincapie en la moral. Como una epidemia de
irracionalidad que respondiera a un ansia de nuevas creencias
surgieron por toda Europa multitud de logias y sectas
pseudo-religiosas que pretendían la posesión de
secretos ocultistas, en un secreto juego de conspiraciones y
contra-conspiraciones que en muchas ocasiones llegaron a influir
en la política internacional de la época.
Pretendidos magos, tan denostados como legendarios, como es el
caso del británico Aleister Crowley, se presentaban ante
la alta sociedad de su época como individuos peligrosos a
la vez que intensamente atrayentes.
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Crowley
hizo un prematuro uso de drogas como el peyote o la cocaina para
dar contenido a sus rituales mágicos. También hizo
un constante alarde de una sexualidad atípica que le
reportó la reputación de ser “el hombre más
perverso del mundo” según el canón de la
respetabilidad victoriana. Su imagen de campeón de la
perversión y la fama de tener profundos conocimientos
mágicos de gran alcance le hacía tener un aura
irresistible para muchos y con el tiempo su fama ha crecido en
muchos ámbitos que sobrepasan el mundillo del ocultismo,
hasta ser considerado un pionero en la contracultura, ya que en
algunos sentidos fue un modelo para el hippismo de los 60.
Además Crowley fue de los primeros en plasmar sus
visiones psicodélicas en imágenes artísticas
por medio de acuarelas y dibujos de técnica muy variada.
Por otro lado, al margen de toda la parafernalia simbolista y
hermética, incomprensible para los “no iniciados”,
muchos de sus escritos sobre algunos temas más mundanos
destacan por una gran lucidez (además de un fino sentido
del humor). Es el caso de su Texto Cocaína, a
favor de la legalización de todas las drogas y en el que
podemos leer cosas como ésta en referencia a las leyes
americanas: “El absurdo de la contención
prohibicionista se ha demostrado en la experiencia de Londres y
otras ciudades europeas. En Londres cualquier padre de familia o
persona aparentemente responsable puede comprar cualquier droga
con la misma facilidad que puede comprar queso, y Londres no
está llena de maníacos delirantes esnifando
cocaína en la esquina de cualquier calle, ni que
frecuenten el robo, la violación, el incendio
premeditado, el asesinato, las fechorías en la oficina y
la ocultación de traiciones, como se nos asegura que
sería el caso si a las personas libres se les permitiera
de buen grado ejercer un poco su libertad”
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Aleister
Crowley
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Así
pues, las drogas tenían un protagonismo importante en las
estrafalarias creencias y prácticas de las numerosas
sectas y logías que mezclaban tanto la sugestión y
el engaño como una genuina exploración mental.
Algunos escritores relacionados con logias de este tipo, como es
el caso de Arthur Machen o Algernon Blackwood, reflejaron
después en sus relatos de terror (obviamente exagerando
la realidad) el ambiente entre desquiciado, erudito y libertino
de estos grupos clandestinos normalmente frecuentados por gente
de clase alta ya cansados de tanta represión moral.
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Sin
embargo, el interés humanista por las substancias
psicotrópicas también apareció en ámbitos
mas normales y respetables. A comienzos de siglo, el filósofo
norteamericano William James (hermano del famoso escritor Henry
James), también psicólogo, médico y
artista, plasmó sus investigaciones en torno al fenómeno
del misticismo en el libro La variedad de la experiencia
religiosa, volumen que reune una serie de conferencias que
versan desde un punto de vista psicológico sobre la
religiosidad y el misticismo al margen de los dogmas. En este
libro James reserva un espacio para las experiencias con drogas
(peyote, óxido nitroso, éter, etc), estudio que
fomentó un interés sobre la relación
directa entre misticismo y drogas que se ha prolongado hasta el
momento.
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Llegando
a la primera postguerra, momento que dejó claro que, en
muchos sentidos, el siglo XX (algo que al parecer no ha cambiado
en el presente siglo) fue un inmenso caos regido por la
tecnología y la codicia del capitalismo. Los denominados
“adelantos” científicos se encarnaron de
forma muy gráfica en las técnicas de muerte tan
sufridas en las primera y segunda guerras mundiales. Así
pues, no es de extrañar que en el primer cuarto del siglo
la atracción por lo irracional se agudizara y que
empezara a cobrar el revelador sentido de una profunda crítica
a los avances de la ciencia y los "progresos"
técnicos, por mucho que la tecnología también
facilitara la vida del ciudadano medio en algunos casos. Asi
que, frente a los avances de la física, química,
biología o psicología, normalmente usados como
herramienta de dominación por la clase en el poder, se
fueron continuando movimientos culturales y artísticos,
como fueron el expresionismo o el dadaismo, que estaban
marcadamente motivados por la irracionalidad en la medida que
pretendían resistir frente a la sociedad racionalista
(aunque profundamente desquiciada) que había permitido
tales horrores. Después, el surrealismo surgió
como la negación de los aspectos más represores de
la razón, de hecho surgió como la búsqueda
de una razón superior que no se quedara en la mera lógica
pragmática cada vez más asumida, pero que tampoco
se anclara en su radical negación nihilista. Este
movimiento, que comenzó oficialmente en 1924, prestó
toda su atención a los estados mentales no lógicos
y subconscientes, como pueden ser el sueño o la locura, a
los que concedió una cualidad superior de carácter
revolucionario. Y aunque alejándose sensiblemente de sus
principios, el surrealismo fue muy influyente en movimientos
posteriores que concedían gran importancia a la
exploración mental a través de las drogas.
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Cuando
la primera posguerra desembocó de nuevo en la tragedia y
el mundo se vio inmerso en una nueva contienda, la sociedad ya
había desembocado de lleno en la aridez de la era
tecnológica, repleta de comodidades pero cada vez más
vacía de otros aspectos cruciales para la vida. Tras el
sangriento paréntesis de la segunda guerra mundial
siguieron surgiendo mentes inquietas y actitudes críticas
frente a lo que se consideraba lo normal o lógico y que
con total evidencia estaba llevando al mundo a una situación
de contínua carrera armamentística nuclear,
desastres ecológicos, explotación y desigualdades
sociales en todo el planeta.
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Durante
todo este tiempo el consumo de drogas se había mantenido,
aunque cada vez más en un ámbito de clandestinidad
que solía relacionarse con el lumpen o la bohemia más
tirada, normalmente músicos y artistas de todo pelaje que
se movían por los márgenes de la cultura
considerada decente. La droga era señal de bajeza,
inmoralidad y crimen, y así se va reflejando en infinidad
de novelas y películas moralizantes que muestran al
drogadicto como un elemento perturbador dentro de la buena
sociedad. Pero al margen de esta visión simplista y
manipuladora, algunos pensadores y artistas seguían
encontrando en las drogas una potente fuente de inspiración,
transformando de paso su actitud ante la vida y también
la de alguno de sus seguidores.
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A
mediados de los 40 y primeros 50 varios focos de interés
por las drogas surgen en Estados Unidos. Aparecen así los
artistas denominados beatniks. Son normalmente poetas, aunque
también hay pintores, músicos o novelistas. Éstos
plantan cara a la sociedad industrializada, especialmente en su
versión americana, con un comportamiento que para su
momento tuvo que resultar bastante radical. Aspiraban a ser como
nuevos santos despojados de todo egoismo y ansias de poder
frente a la locura moderna: eran andrajosos en una sociedad
obsesionada con el triunfo social y el lujo. Vestiendo con
harapos, bebiendo en público, demostrando una moral
sexual relajada (muchos eran homosexuales) y quizás lo
peor, dejándose atraer por la música hecha por los
negros, el jazz, y toda la cultura que la rodeaba.
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Esta
relación con los ambientes del jazz introduce la
marihuana (droga tradicionalmente implantada entre la población
negra o los blancos pobres) entre estos intelectuales tan
distintos a aquellos exquisitos universitarios de antes de la
guerra, de hecho muchos de ellos ni siquiera tienen estudios
superiores, como ocurría con Neal Cassady, un buscavidas
y bohemio que por su comportamiento alejado de las convenciones
y su modo de expresión frenética sirvió de
modelo para escritores como Jack Kerouac, hasta el punto de
incluirlo como personaje en su novela En el Camino. Ahora
bien, entre los beats destaca, en cuanto a uso de drogas, la
figura desgarbada y siempre tocada con sombrero de Willian S.
Burroughs, el autor de míticas novelas en torno a la
heroína como Junkie o El almuerzo desnudo.
Burroughs fue un verdadero laboratorio viviente, probando y
escribiendo sobre multitud de drogas a lo largo de varias
décadas. Su interés por la alteridad de la
consciencia fue proverbial y su estudio abarcó gran
cantidad de niveles que cubría la biología, la
psicología o la sociología, vertiéndose en
obras de ficción complejas y laberínticas que
lindaban con lo fantástico y lo puramente experimental en
cuanto a uso del lenguaje.
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Pero
el caso de Burroughs es especial, quizás tan solo
equiparable al de su amigo Allen Ginsberg, ya que en general el
movimiento beat puso casi siempre su atención en drogas
mayormente corporales como pueden ser la heroína o el
alcohol, muy tendentes a crear una fuerte adicción y por
tanto a inducir obras oscuras y repletas de referencias a la
locura o situaciones de miseria y terror existencial. Pero es un
hecho que la obra más centrada en la heroina de
Burroughs, sobretodo sus primeras obras, así como la de
otros autores de su órbita (por ejemplo Alexander
Trocchi), fueron muy influyentes en el intenso culto a los
opiáceos que proliferó en los 70, cuyo ejemplo
máximo lo encontramos en Lou Reed y su grupo Velvet
Underground, asi como después en la legión de
punks que tomaron parte de su legado. No sería hasta
mediados de los 60, cuando algunos escritores beat se lanzaron a
explorar abiertamente con drogas más mentales como el
peyote, los hongos psylocibes o la LSD. Es el caso del ya citado
Allen Ginsberg, uno de los primordiales impulsadores del
movimiento hippie y mayores activistas a favor del uso masivo y
libre del ácido.
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Así
es como entra en escena la LSD. Como suele ocurrir a lo largo de
la historia de los avances científicos, el ácido
lisérgico fue casualmente descubierto en 1938 por el
doctor suizo Albert Hofmann. Este se encontraba trabajando en
diferentes compuestos contra la migraña y otros fenómenos
relacionadas con el sistema neurológico. Estaba
extrayendo sustancias a partir del cornezuelo del centeno, hongo
que desde la antigüedad tenía fama de ser venenoso
pero que contenía varios ingredientes que eran
interesantes desde el punto de vista medicinal, cuando
accidentalmente absorvió una cantidad elevada de la
versión número veinticinco de la LSD, la
dietilamida del ácido lisérgico. Al poco empezó
a sentirse extraño y decidió marcharse a su casa
inmediatamente. Esta fue la razón del mítico viaje
en bicicleta hecho por Hofmann y que después se
inmortalizara en el papel secante de algunas partidas ilegales
del ácido que descubrió y que sería
consumido por millones de personas en todo el mundo. Hofmann se
encontró así, de forma totalmente imprevista, con
la subtancia psicotrópica más potente conocida
hasta ese momento.
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Hofmann,
hombre de ciencias, pero además profundamente interesado
en la filosofía y el arte, pronto se dio cuenta de que al
margen de sus aplicaciones médicas, el LSD tenía
un potencial diferente, podía utilizarse como fuente de
inspiración artística y espiritual, con lo cual
decidió ir dando a conocer la noticia a ciertas personas
que consideraba aptas para ello. Con lo cual, el uso del LSD
fuera de los laboratorios fue muy restringido en un comienzo,
limitado exclusivamente a un círculo elitista de artitas
y pensadores muy influtentes en la cultura de su momento. Esta
fue una constante hasta mediados de los 60, cuando surgió
un uso popular que negaba este privilegio de unos pocos.
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Albert
Hofmann en el laboratorio de Sandoz
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Por
supuesto, antes del LSD ya se sabía de otras drogas
psicodélicas muy potentes, sobretodo plantas provenientes
del sur y centro del continente americano. Éstas habían
sido usadas desde hacía milenios por sus habitantes, como
es el caso del cactus peyote, de donde se había extraido
la mescalina ya en 1897, o los hongos psylocibes, llamados en
lengua nativa de Oaxaca como teonanáctl (carne de los
dioses) y que fueron descubiertos a comienzos de los años
30 para la cultura occidental por el botánico Richard
Evans Schultes.
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Estas
drogas, de efectos asimilables a los del LSD (aunque de menor
potencia y cualitativamente diferentes) también habían
sido objeto de experimentación por algunos artistas y
pensadores a lo largo de varias décadas, aunque de una
forma que había llegado a un conocimiento muy reducido
del público. El poeta y autor teatral francés
Antonin Artaud, vinculado durante algunos años al
movimiento surrealista, viajó en los años 30 a
México y probó el peyote, de lo cual dejó
constancia en varios escritos. Henri Micheaux, escritor y
artista belga también tomó peyote, pero en su
versión sintética: la mescalina, aunque después
también se sumergió en el LSD. Tras sus
experiencias escribió varios libros sobre sus efectos en
un tono entre escéptico y maravillado, también
produjo unos extraños dibujos en pleno viaje. Pese a su
rendida fascinación consideraba las visiones de esta
droga como una forma de trampa que desvía al psiconauta
de lo más importante a la hora de evaluar la potente
experiencia.
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Por
otro lado, en centro-europa, tras la Segunda Guerra Mundial
había surgido un movimiento que se denominó como
Escuela de Arte Fantástico de Vienna. Había sido
creada entre otros por Ernst Fuchs y Arik Brauer. Esta corriente
artística era una desviación del surrealismo que
dejaba a un lado sus aspectos políticos más
revolucionarios para centrarse en la pura ensoñación
y una moderna re-interpretación de mitos y símbolos
religiosos. El carácter fuertemente visionario de este
movimiento hizo que algunos de sus participantes dirigieran su
atención a las drogas psicodélicas más
conocidas de ese momento. Especiamente Fuchs, que tuvo una
influencia innegable en el arte psicodélico que surgiría
dos décadas después, con unas magníficas
obras llenas de colorido y formas sinuosas que éste
identificaba como manifestaciones angelicales y que provenían
de sus experimentos con la mescalina.
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Ahora
bien, paralelamente al uso que se hacía de estas drogas
en los ambientes culturales de Estados Unidos o Europa, había
también un interés más reservado por parte
del ejercito y las oficinas de inteligencia de las potencias de
ambos lados del Telón de Acero. Tras la segunda guerra
mundial las drogas pasarón a formar parte del armamento
secreto de la guerra sucia y del espionaje. El ejercito
americano, por ejemplo, invertió gran cantidad de dinero
e involucró a infinidad de personas, éstas a veces
sin conocimiento de lo que estaban haciendo en realidad, para la
invención de la “droga de la verdad” o para
crear substancias que dejaran al enemigo inservible para
defenderse. A raíz de esto algunos miembros de la
contracultura de los 60, especialmente de la Nueva Izquierda,
llegaron a insinuar que el uso masivo de drogas por parte de la
gente joven a finales de los 60 y comienzos de los 70 no era más
que parte de una estrategia para desmontar la creciente
resistencia política frente al sistema. Sea esto verdad o
no, existen pruebas de que la CIA usó como conejillos de
indias durante años a gran cantidad de población
civil (por no hablar de infinidad de presos y enfermos en
psiquiátricos) para probar el efecto de gran cantidad de
substancias de potencial uso militar. Sea como fuere, la
expansión masiva del uso del LSD o la psilobicina para
usos recreativos pudo ser realmente consecuencia indirecta de un
descontrolamiento de estos experimentos, quizás porque en
las mentes militares no cabía que estas nuevas “armas”
tuvieran otro tipo de aplicación que no fuera la guerra y
la dominación.
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Por
otro lado, en parte promocionado por oscuros intereses
gubernamentales y en parte por el puro interés médico
de encontrar alternativas a las ténicas de curación
existentes, las drogas psicodélicas también fueron
utilizadas por la psiquiatría como forma de terapia
contra algunas enfermedades mentales y neuronales. Para ello se
fueron creando corrientes psiquiátricas expresamente
centradas en el uso de drogas psicodélicas ya sea como
tratamiento de choque o como apoyo de las sesiones de
psicoterapia. Estas corrientes diferían en el uso de los
psicodélicos, unas las veían como meros inductores
a una psicosis, es decir, éstas provocaban un ataque
psicótico de forma controlada en presencia del
psiquiatra, o bien era considerada una oportunidad de apertura a
dimensiones mentales que servía a los médicos para
comprender mejor a sus pacientes. Esta segunda opción fue
muy criticada por la medicina oficial y dio lugar a
subcorrientes que se consideraban a si mismas antipsiquiátricas,
por la forma de tratar al paciente y por la misma consideración
de su estado mental como un estado de consciencia más que
una enfermedad. Sea como fuere, al poco se demostró su
utilidad en diferentes frentes tanto médicos como
sociales, como podían ser la adicción al alcohol o
la reintegración de presos violentos. Pero llegado el
momento toda investigación con LSD y drogas parecidas
fueron prohibidas (sin justificación científica
alguna). Aun así, los años que duró estas
experiencias hicieron vislumbrar unas positivas aplicaciones que
no pudieron desarrollarse.
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Así
pues, en este contexto de un conocimiento cada vez más
general de estas drogas, el camino hacia el consumo creciente y
descontrolado por parte de mucha gente al margen de los
iniciales circulos elitistas o médicos era más que
irremediable. Tarde o temprano la buena nueva se iba extendiendo
por todos sitios. Surgían artículos de prensa que
hablaban de los efectos de estas drogas misteriosas en términos
normalmente sensacionalistas y morbosos, aunque todavía
no en un sentido demasiado negativo, lo cual iba ampliando la
curiosidad enormemente. Todavía no había reparos
de hablar abiertamente sobre ello, incluso se veía por
algunos como algo novedoso y chic en una sociedad no se sentía
tan amenazada por lo que después sería visto como
una plaga que ponía en peligro las bases de la
civilización post-industrial.
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Los
acontecimientos terminaron por desembocar en lo que podemos
llamar el movimiento psicodélico, el cual surgió
con fuerza y descontroladamente, extendiéndose
rapidamente por todos sitios. Al margen de cualquier tipo de
organización o definición, fue una especie de
espítitu colectivo que sacudió la cultura y la
sociedad de su momento. Por mucho que después se quisiera
interpretar como una mera moda lanzada desde los mismos medios
de comunicación y los principales iconos de la cultura
pop, el consumo de drogas respondía a un llamado
impreciso pero que caló hondo en una generación
predispuesta a los cambios radicales y la aventura vital. Tomar
una droga era un medio de transporte instantáneo hacia
algo indefinido, una catapulta que impulsara los cambio de forma
más rápida, aunque al final, en la práctica,
se convirtiera para mucha gente en un fin en si mismo.
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En poco
tiempo surgió toda una cultura mutante alrededor de las
drogas que abarcaba todos los aspectos de la vida, desde la
forma de vestir hasta la música, desde las creencias
religiosas a la política. Pese a no contar con una
verdadera organización este amplio e informe movimiento
tenía sus códigos y consignas, sus profetas, sus
mártires y sobretodo los libros de culto necesarios para
iniciarse en estos nuevos territorios. Entre estos textos
“sagrados” e inaugurales se encontraba Las
puertas de la percepción y Cielo e Infierno de
Aldous Huxley. Este prestigioso escritor inglés asentado
en Californía había estado experimentando con
mescalina desde comienzos de los 50 y a raiz de sus experiencias
escribió estos dos textos cruciales para la difusión
de este tipo de drogas entre intelectuales y estudiantes
universitarios. Las Puertas de la Percepción toma
su nombre de la famosa cita del poeta William Blake: “Si
las puertas de la percepción fueran abiertas el hombre
percibiría todas las cosas tal como son, infinitas”.
Posteriormente también el grupo The Doors tomaría
esta frase como referencia.
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Aldous
Huxley
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Huxley
consideraba que las drogas debían ser usadas con
libertad, pero solo por una élite preparada cultural y
espiritualmente, había que controlar su utilización
por la gente “corriente” ya que no estaría
preparada para experiencias de ese tipo. Parar crear este
círculo privilegiado se encargó de dar a probar la
mescalina y después LSD a muchos intelectuales
importantes, pero pronto contó con la oposición de
quien prefería que la droga fuera probada libremente y
sin control alguno por quien quisiera. Cuando falleció en
1963 (enfermo de cancer y bajo los efectos del ácido en
el momento de morir) no pudo llegar a asistir a la explosión
psicodélica, pero le dió tiempo a comprobar como
las drogas se iban escapando de estos círculos culturales
privilegiados.
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Esta
explosión tuvo varios factores cruciales. Uno de ellos
fue, sin duda, la labor de Ken Kesey como heraldo del LSD. Kesey
estaba en 1962 elaborarando su primera novela, la famosa Alguien
voló sobre el nido del cuco y para intentar conocer la
locura desde adentro decidió presentarse voluntario a un
programa del ejército vinvulado al proyecto secreto
MKULTTRA (usos militares de las drogas). Ahí pudo probar
la mescalina, la psilobicina y finalmente la LSD, substancia que
le dejó impresionado. Decidió en ese momento dar a
conoer tal substancia por todos los medios posibles. Para ello
organizó a los Merry Pranksters, un grupo de
lunáticos ataviados con ropas de colores que recorrían
el país a bordo de su autobús equipados con
potentes equipos de sonido (Jerry Garcia de los Grateful Dead
iba con ellos) e imagen, campanas, instrumentos orientales,
luces, y sobretdo droga, mucha droga, que iban dando a probar a
todo aquel que se atreviera.
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Otro factor
crucial fue el profesor Tim Leary, respetado psicólogo
que impartía clases en Harvard y que tras interesarse
profundamnete en la psilobicina y la LSD terminó por ser
expulsado como docente. Leary se convirtió en poco tiempo
en un estandarte del movimiento psicodélico, rodeándose
de acólitos y miles de seguidores entre los
universitarios e intelectuales de medio mundo, hasta el punto de
ser detenido y encarcelado.
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A partir de
1966 explota en todas partes el consumo de drogas psicodélicas,
siendo cruciales para la gran cantidad de cambios sociales y
culturales que se dieron en la época y que aun hoy
perduran en sus consecuencias, pero hasta aquí llegamos
con esta breve introducción a la historia del movimiento
psicodélico. Existen infinidad de libros que tratan sobre
el tema que el lector interesado puede consultar y que le
servirán para profundizar en una historia fascinante e
inabarcable.
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